TE OIGO, PERO NO TE ESCUCHO

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TE OIGO, PERO NO TE ESCUCHO

Si nos preguntásemos a nosotros mismos con honestidad cuántas veces a lo largo del día podríamos aplicarnos ese “te oigo pero no te escucho “en las conversaciones que mantenemos, seguro que nos llevaríamos una sorpresa: oímos, pero raramente escuchamos.

Y si además nos preguntamos acerca de lo que hemos entendido y averiguamos de nuestros interlocutores aquello que realmente querían decirnos, comprobaremos que en la mayoría de los casos tampoco hemos “entendido” lo que nos estaban queriendo decir.

Sin ir muy lejos, pensando en conversaciones con mis hijos, tengo que reconocer como con demasiada frecuencia han protestado diciendo: “Mamá,

no me estás escuchando, se nota que estás pensando en otra cosa”. Y es que la falta de atención o lo rápido que la perdemos es otro de los factores que impide una comprensión completa y correcta de lo que se nos dice.

La pobre atención que prestamos a nuestras conversaciones, y su consecuencia, el escaso entendimiento resultante, es en primer lugar una innegable pérdida de tiempo y de oportunidades de convivencia creativa y productiva.

En casa tanto como en el trabajo o en nuestras relaciones sociales, la vida se desarrolla, modifica y avanza mediante conversaciones. También mediante silencios, pero ese es otro aspecto que abordaré en un futuro próximo.

Esas conversaciones generadoras de realidades, queramos o no, tienen un enorme poder sobre nuestras vidas. Si presto plena atención a lo que me dicen mis hijos, mis amigos, compañeros de trabajo o jefes, si escucho debidamente y por lo tanto entiendo al otro, se abrirá ante mí un inmenso campo para la colaboración y la acción.

Estoy convencida de que todos podemos acordarnos fácilmente de alguna conversación reciente que nos haya resultado frustrante y yendo más lejos, me atrevo a decir que echamos la culpa a nuestro interlocutor del resultado adverso. Sin embargo si repasamos con calma lo sucedido, veremos que de alguna manera tratamos desde el principio de hacer valer algún criterio que ya teníamos en la cabeza antes de la conversación. No llegamos a ella con la mente limpia y abierta a la escucha, entre otras razones porque tenemos una resistencia innata a admitir la visión del otro. El miedo a perder autoridad o posiciones adquiridas es nuestro gran enemigo. Hagamos un esfuerzo, eliminemos en nuestra próxima conversación ese miedo, tratando simplemente de estar plenamente presentes en la conversación, atentos a lo que se nos dice, libres de juicios anteriores y conversemos desde esa actitud.

Veremos cómo, de forma casi mágica, se produce el entendimiento y el lenguaje cobra una dimensión desconocida de libertad, autonomía y creación.

Merece pues la pena tomar la decisión de aprender a conversar, acercándonos al lenguaje como la más potente herramienta que poseemos los humanos para construir espacios de convivencia y libertad.

Hace tres millones y medio de años que comenzamos a vivir en el lenguaje.

El lenguaje nos ha permitido desde entonces coordinarnos en la convivencia. Generación tras generación el lenguaje ha hecho posible ese fluir en el convivir que nos une por un lado con nuestros ancestros y nos proyecta por otro hacía nuestros descendientes.

Los actos del habla tienen una potencia enorme. Son la base de todas las relaciones humanas: promesas, peticiones, declaraciones, juicios y afirmaciones van conformando nuestra realidad minuto a minuto.

Las conversaciones, tanto en el ámbito personal como en el profesional, son por tanto, la piedra angular de la convivencia, sobre la que construimos nuestra forma de vivir y de relacionarnos con el entorno.

Cuando conversamos nos encontramos frecuentemente con que sólo prestamos atención durante los primeros minutos para tratar el resto del tiempo de hacer valer nuestras ideas.

Aprender a escuchar es el primer paso para crear espacios creativos y libres de conversación y por lo tanto de colaboración.

Cuando esto sucede se abre un campo nuevo al respeto por el otro y a la colaboración.

Familias, empresarios, políticos, etc. se oyen, pero no se escuchan y por ello no se entienden y se producen luchas de poder y autoridad en lugar de espacios para el aprendizaje y la cooperación.

Por ello y porque yo misma experimenté en primera persona la diferencia entre conversar “ entendiendo” y hacerlo tan solo “oyendo” y cuantas oportunidades de colaboración  perdemos a diario por esta ignorancia, decidí formarme como coach ontológico, especializada en el lenguaje.

Os propongo compartir con vosotros mi conocimiento y experiencia para trabajar juntos en ese espacio de creación y transformación que son las conversaciones.